Julio Ángel Olivares Merino – La parada del oscuro. Capítulo 10

No tardaron en prenderse las lámparas de gas en los rincones distantes y ensombrecidos de aquella sala, desolada como el alma de un hombre perdido en la nieve. Cada mecha de fulgor iluminó el vacío, la techumbre hilada por algas y gelatina brumosa. Clía enmudeció al oír estelas de un murmullo nublado.

- Basta de charla – exclamó alguien entre una multitud blanquecina asemejada a un fardo de huesos –. Ella está aquí por fin.

Se hizo el silencio y Clía vivió a aquel hombre de piel maquillada por arrugas de dolor, labios partidos, tez cristalina con resaltadas venas de azul acuoso y dedos romos, ceñidos en torno a una batuta de tonalidad opacada. Llevaba un sombrero de copa calado hasta las cejas. Su camisa desarrapada pero intensamente blanca, como la inocencia. Con un lento paso soberano, había dejado atrás la compañía de su legión de siluetas, todas expectantes, babeantes, delgados hombres pálidos, de despeluznadas melenas.

Clía quedó horrorizada, inmóvil ante aquella presencia. En el exterior se oyó un cruel desgarro amenazador, acompañado de un fugaz latigazo de luz.

- Nuestros adorados relámpagos – musitó la figura de cristal –, ¿cuándo dejaremos de presentirlos?

- Todos estamos ansiosos por que empiece la función. Supongo que no habrá retrasos de última hora – replicó uno de los escuálidos hombres que custodiaban la figura de cristal, llamando su atención.

- La puntualidad es virtud en este lugar – se aprestó a expresar el soberano, queriendo imponer orden de nuevo –. Nada fuera de su tiempo – dio dos golpes con aquella batuta en su palma de cristal y renovó la tonalidad de sus ojos níveos –. Volverán a escuchar el sosiego en el canto de los pájaros.

Un nuevo golpe de batuta, como si necesitase de ello cada vez que tomaba aire y después se oyó un murmullo de recelo en la multitud mientras aquellos hombres dilataban sus pupilas sin vida para observar y examinar a Clía. Ella retrocedió, pero sintió que varias palmas la apresaban en aquel vacío.

Volvió su mirada y los vio por todas partes, rodeándola, olisqueándola. También descubrió varios violines quebrados y arañados en diferentes puntos de aquella sala, junto a pequeños esqueletos sin brillo. Otros como ella, pensó, los que habían acudido con anterioridad a aquel extraño concurso.

- ¿A qué esperamos, pues? El silencio nos consume – dijo con desesperación otro de los congregados, mordiéndose sus yemas calcinadas e impregnadas en ceniza.

- Que cante el coro – ordenó solemne el hombre de cristal, con matices de amargura en su voz, mientras empequeñecían sus ojos.

Entonces, las sombras de la comitiva, los sedientos, se incorporaron, con gozo contenido en sus rígidas siluetas y un corazón perdido en sus torsos.

En la penumbra se convirtieron en ángeles de pómulos disecados, desplegando unas alas de acordeadas venillas, de azabache y corres, en las que se veían pentagramas esbozados que comenzaron a musitar las últimas melodías de una existencia arrebatada.

De la pálida tez de las paredes emanaron, tensando la superficie de cal, varios rostros cubiertos por aquellos halos de blancura. Se les oyó entonar cándidamente mientras el repiqueteo de la lluvia se hacía más y más penetrante y estrepitoso.

El hombre de cristal avanzó amenazadoramente hacia Clía, con su mirada perversa y pesarosa, como la de un pianista frustrado, concentrada en el estuche de terciopelo. A dos pasos de ella, extendió su diestra y de un golpe certero, sin que ella apenas lo notase rasgó el hombro de sus atavíos con aquella batuta de punta acabada en una verdosa uña corva.

- Toca para nosotros. Que empiece el festín – cerró los ojos y aspiró hebras de ambiente mientras sostenía la batuta acechante, palpando punzantemente la garganta de Clía.

- Tu música o tu sangre – susurró con sequedad el extraño, limando el tiempo de espera.

Los ángeles se relamieron desasosegadamente, mientras los rostros sin memoria, aquéllos que anidaban en las paredes, prolongaban su canto de sirena ahogada. De inmediato, Clía desnudó el violín, lo sacó del estuche, y el instrumento pareció estremecerse al sentir la oscuridad y la respiración bronca del hombre de cristal.

- Toca todo lo bien que puedas – le dijo mientras empujaba levemente la batuta y comenzaba a hacer una herida en su garganta, sin perder de vista, con temor, a través del ventanal, los hilillos de relámpago que se transparentaban sobre el cielo oscuro.

Clía asintió levemente y dejó que sus manos invocasen la inspiración por unos instantes, mientras palpaba el mástil de su violín y se entregaba en cuerpo y alma a él.

Tomó el arco, a tientas, sin dejar de mirar los ojos del hombre de cristal, que, gradualmente, fue haciendo descender aquella batuta por el cuerpo de Clía, arañándola levemente.

Los ángeles presintieron el primer parpadeo de melodía en el ambiente y suspiraron al unísono. Tembló el vidrio del ventanal y los semblantes de las paredes volvieron a ocultarse tras la superficie de cal.

- Heredarás Talgasá. Tendrás tu justo premio – la incitó lóbregamente el penumbroso hombre de la batuta, ya posada sobre el embolsado de grietas, habiendo liberado a Clía de su punzante tacto.  

Ella hizo temblar las yemas de su mano izquierda sobre el mástil del violín al tiempo que tensaba su brazo diestro, lo arqueaba y rozaba las cuerdas con el arco. Sus iris comenzaron a florar en un pozo de irrealidad en el que incluso olvidó lo amenazador del instante.

Comenzó a tocar, con el ímpetu de un músico emocionado, con la seguridad y porte de un virtuoso. La melodía la embrujó mientras los ángeles se elevaban en el vacío, tratando de tomar las notas de aquella composición que se transformaban en pétalos de llama, entre los sayos de oscuridad.

De la espalda del hombre de batuta también manaron unas polvorientas alas que lo llevaron hasta la techumbre de la sala, en pugna con los demás ángeles músicos por tomar aquellos vestigios de musicalidad, convertidos en suspiros de fuego.

Clía continuó por unos momentos más, con sus ojos cerrados, sintiendo que sus manos y su espíritu obedecían a una extraña voluntad fría que palpitaba vigorosamente junto a su pecho, en el bolsillo interior de su vestido. Era la pluma de plata.

Entreabrió sus ojos y contempló la jauría de vetustos músicos, temblorosos y sollozantes, entre los estallidos de fuego melódico, desgarrándose las alas los unos a los otros en hostil arrebato.

En el fragor de la lucha, algunos de ellos se desplomaban desde las alturas, vencidos, cayendo sobre el embolsado de pálida tonalidad, convirtiéndose en ceniza, ascuas y virutas de cristal tan oscuras como la faz de un eclipse; otros, los triunfadores, devorando las menudas estelas de musicalidad, sentían hincharse sus torsos, revivir sus cabellos y plegaban una y otras vez sus alas, desnudándolas del legendario frío de la pesadumbre, soñando con pedestales de mármol en jardines de ciudad.

Tan gélida como la caricia del agua de estanque sobre los pómulos del caminante al atardecer, Clía sintió el suspiro del horizonte, el silbo de la culebra de los relámpagos sin rienda más allá del ventanal. También oyó el distante silbo de un tren adormecido que se aproximaba desde las entrañas del infinito al pueblo fantasma.

Pensó en el retorno de los músicos espectrales, la comitiva de sombras encorvadas sobre los pequeños al atardecer, sorbiendo decenas de melodías de vida de tus torsos y sienes para después, abriéndose paso la claridad del alba, dejarlos semienterrados bajo los montones de hojas secas de los parques.

Fue aquél un presentimiento labrado también en las pupilas del hombre de cristal, que seguía pendido del vacío, estiradas sus alas, majestuoso como uno de aquellos ángeles victoriosos que acunaban los grumos de fuego en los que se convertía la sinfonía de su violín.

Clía murmulló silencio de resignación, mientras el tren del espanto trazaba su mortecina entrada en el andén, intuido por sus pupilas. Dejó de tocar inconscientemente; el arco se desmenuzó en sus manos y se gestó el sigilo de nuevo.

Miró entonces al ventanal, presintiendo aproximarse una lengua de blancura y resplandor agrietado. Al instante, vio estallar el cristal en mil añicos, dejando entrar los gritos y garras del relámpago del silencio.

Casi de inmediato, aquella enramada de suspiros blanquecinos persiguió en vuelo a los ángeles que tenían expresión desprevenida y fue ensartando el pecho helado de cada uno sin dejar de emanar ni un solo gemido de melódico expirar.

Clía se abrazó a sí misma, arisca ante los gélidos fantasmas del exterior. El relámpago, de entrañas ensangrentadas, serpenteó en el silencio, buscando el latido temeroso de los ángeles que aún sobrevolaban la nada, acariciando los cabellos pútridos de los ya caídos.

Cuando dio muerte a todos los querubines del desconsuelo y prendió sus alas en llamas de hielo, desmembrando al hombre de cristal después de limar su batuta y convertirla en un fino hilo que después clavó en la pared para desangrar a los espíritus de la cal, se acercó a ella, la rodeó con su albor de alhaja bruñida – en cuya viscosidad yacían varios pájaros muertos, sin canto – y rozó la pluma de plata que Clía consolaba en su regazo.

El relámpago se enroscó serenamente a su cintura y fue enredándola con sus hebras gélidas de muerte.

Mientras el violín se le escurría de las manos y caía en vaivén de hoja seca sin un solo suspiro de lamento al embaldosado en penumbra, Clía advirtió que la pluma se convertía en una preciosa cajita de música, de bordes de marfil, que tras abrirse como el suspiro de un florecer, liberó una honda melodía.

En el interior de la caja, algodonado en el rojo intenso de una tela pomposa y un cristal de bordes dorados, ella contempló el diminuto cuerpo tumbado de una bailarina de cerámica.

La serpiente de relámpago, convertida en una gigantesca espiral con tres cabezas del brillo del mercurio y sanguinolentas fauces, comenzó a temblar, acechando su cuello, con el anhelo de asestar una dentellada y sumir los ojos de la muchacha en un pálido sopor de sigilo y muerte.

La música de la cajita, sin embargo, arreció obre sus serpenteantes formas y las fue impregnando de cristal plateado, la hermosa cicatriz de la emoción, hasta convertir el relámpago en un simple adorno de vidrio que cayó al suelo y se hizo añicos.

Clía deseó cerrar los ojos y abandonarse al oleaje de aquella sinfonía entonces. Ciñó sus palmas a la cajita y se hundió en sus pensamientos. En su imaginación corrió sin aliento por los pasillos del conservatorio, de vuelta a algún lugar, dejando atrás aquellos espacios de tiniebla impregnados de plumas quemadas e instrumentos astillados.

Oía los gemidos de dolor del relámpago, cada vez más distantes, junto a la música de terciopelo de la cajita, también lejana. Tenía su querido violín, sin embargo, entre sus brazos.

En vuelo suspirado cruzó las calles del pueblo fantasma, hallando el viejo carruaje de telas cenizosas y aquel bufón retrepado sobre el pescante, convertido en un saco de huesos raído por ratas y gusanos.

Al poco tiempo, en el andén, su paso se hizo más sereno y pudo adivinar el tren del espanto, el que había acudido en busca de los músicos espectrales, parado, muerto, a varios metros de la estación.

Sin saber por qué, se abalanzó a la vía, hedionda y oxidada, y besó uno de los rieles. Un vacío aún más dilatado, pero cándido, la invadió mientras la rima de la cajita de música se desvanecía en la distancia, en aquel susurro de paisajes recorridos en fugaz suspiro.

Todo desapareció ante su mirada para, al instante, convertirse en un singular compartimiento blanquecino. Oyendo un traqueteo continuado y sintiendo aquel temblor tan familiar supo que se encontraba de nuevo en un tren.

Todo estaba hecho de cristal y a través de los ventanales se adivinaba en la lejanía un confín entre paisajes oscuros, allá en el extremo más distante de aquella vía trenzada con huesos de esqueleto, un horizonte en el que Clía adivinó la cicatriz luminosa de un nuevo despertar.

Deseó que sus padres estuvieran al otro lado, en aquel destino al que la llevaba aquel tren de ensueño. Justo entonces notó el áspero tacto de un ángel de alas quemadas y volvió a sentir un escalofrío.

Fue sólo un instante, aunque gélido y denso. Un ángel despeluznado se encontraba junto a ella, encorvado, babeando sobre aquel banco de vidrio.

Parecía herido, atravesado por hierros que le recordaron a los brazos del relámpago. Aún tuvo valor suficiente como para mirarlo a los ojos.

El acompañante le susurró.

- Vuelve…

El ángel estiró sus manos, pretendiendo arrebatarle el violín y ella gritó. El tren de cristal tomó una curva y se adentró en el hielo ensombrecido de un túnel. Entonces sintió que despertaba.

Fuente: 
Julio Ángel Olivares Merino – Terror, Editores Mexicanos Unidos, p. 81 – 87.

El  capítulo precedente, el 9°, lo puedes leer en este enlace:

El siguiente capítulo, el 11°, puedes leerlo en este link:

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