Julio Ángel Olivares Merino – La parada del oscuro. Capítulo 11

Apenas abrió los ojos, Clía sintió que dos siluetas, dos trenes de fugaz estela se entrecruzaban frente a sus ojos.

Oyó como bramaban los horizontes llenos de luces de neón y barandillas oxidadas. Acababa de concluir su viaje imaginario.

Silbó uno de aquellos trenes de alta velocidad al dejar el andén de brillos marmóreos y se adormiló el paso en aproximación del otro, que acrecentó el murmullo de la multitud en espera, mientras se iba deteniendo.

Llovía. Al menos se oía un intenso goteo sobre la techumbre de la estación.

En aquella claridad fría, artificial a la vez que intensa, Clía volvió a sentir la humedad característica de los vientos de Angelía y reconoció la hermosa tonalidad de aquellas paredes, las formas trenzadas de las columnas y el panal de aristas de aquel techo de cristal que recordaba haber visto en la estación de su ciudad.

Por fin había vuelto a casa.

Bajo los halos de aquellos focos, algunos de los cuales parpadeaban sin desenmascarar la bruma, distinguió rostros inquietos, expectantes, de pupilas dilatadas y expresiones sonrientes, todo un enjambre de multitud en espera de la salida de los pasajeros del recién llegado tren. 

Otras figuras, sin embargo, vagaban fantasmagóricamente, sin destino, entre el gentío, con un cansancio imposible de desterrar de sus ojos.

Eran pocos, tres, cuatro, media docena a lo sumo, pero los advertía entre la incertidumbre mientras ellos parecían mirarla, como si la vigilaran, desde cualquier punto de aquella estación de Angelía.

Pensó que quizás podrían ser los músicos fantasmales, aquéllos que finalmente hubiesen logrado retornar a cada ciudad del mundo, también a Angelía, en aquel tren del espanto, pero se consoló al estudiar sus semblantes y comprobar que no eran los rostros de la noche, las cadavéricas máscaras de desconsuelo que la habían acechado en Talgasá.

Advirtió tallado en sus labios, de todas formas, el mismo hervor de silencio y la fragilidad de una esperanza rota.

- ¿Esperas a alguien? – le preguntó de repente un desconocido, acercándosele.

Inquieta, erizándosele los pelos de la nuca, Clía contempló a aquel anciano. Notó escalofriada que se persignaba insistentemente mientras comenzaba a esbozar una sonrisa.

Ya no esperaba respuesta alguna. Había logrado que Clía lo reconociese.

Era el hombre que había viajado junto a ella hacia Talgasá en el mismo compartimiento de tren.

- ¡Eh, oiga! – lo llamó ella, pero el anciano ya había desaparecido.

- Llévame contigo. El viento no me deja ver – la sorprendió una voz de niña.

Sin devolverle el consuelo con su tacto gélido, de enramada que hubiese muerto bajo el suspiro de las primeras nieves de invierno, una pequeña de pómulos arañados y rostro cenizoso apreció a su lado.

Era la fantasmagórica criatura que había encontrado a las puertas del conservatorio en la población fantasma. Ahora no parecía manca.

- Dame la mano y deja de tiritar – le dijo Clía consolándola. Fue como abrazar a los ausentes.

La paseó por la estación de Angelía, mientras los trenes partían hacia la luz difusa de los horizontes y mientras la niña acariciaba el estuche aterciopelado del violín. Fue muy agradable.

Desde entonces Clía espera, acude junto a su escuálida acompañante a la ventanilla de venta de billetes en la estación de Angelía cada atardecer, cada alba.

Pregunta por el próximo tren hacia Talgasá. El hombre al otro lado del cristal sonríe confusamente.

Hace días que ni siquiera le responde. En realidad, la desprecia con la mirada cada vez que ella se acerca.

- Los trenes no van a lugares imaginarios – suele decirle impregnando de saliva la ventanilla mientras la siluetas se empujan en la cola a sus espaldas, deseosas de comprar su billete, oprimiendo a Clía contra el vidrio hasta que ella desiste un día más y oculta su ilusión en un parpadeo triste que parece no querer abandonarla.

Fuente: Julio Ángel Olivares Merino – Terror, Editores Mexicanos Unidos, p. 89 – 91.

El capítulo 10 de este libro puedes leerlo en este enlace:

El último capítulo de este cuento de terror, el 12, lo puedes leer en este link:

Comentarios

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