La revolución iraní provocó una enorme convulsión. Nacía un Estado que se construía con principios fundamentalistas; ya no era una mera ilusión ideológica. Occidente, en particular Estados Unidos (y también la URSS, con repúblicas de mayoría musulmana), se alarmó. Lo mismo sucedió en los países musulmanes, máxime cuando la opción islamista suscitó expectativas populares. Para contener el fundamentalismo, a veces se llevaron a cabo cambios políticos, buscando encauzarlo.
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