El último profeta. Revelación decisiva

Después de aquella experiencia mística, Mahoma tuvo algunas otras de las que nunca habló, y luego se interrumpieron de pronto. Esto lo sumió en un amargo desconcierto que duró dos años, hasta que le llegó la revelación que transcribe la sura de la mañana, número 93 del Corán. Esta vez se trataba de un mensaje claro, lleno de luz, en el que Dios lo conminaba a dar a conocer a sus hermanos las palabras que ponía en su boca. Aquél fue el impulso decisivo. A partir de entonces, la desconfianza de Mahoma desapareció por completo, y su espacio lo ocupó una sólida seguridad. Investido de ella, Muhammad ibn Abdallah se dispuso a obedecer a Dios presentándose ante los suyos como el Profeta.
Aquella Arabia a la que debía enfrentarse Mahoma constituía un mundo aparte. Desde el punto de vista geopolítico, se extendía por un enorme territorio desértico transitado por el pueblo nómada que los griegos habían llamado sarakenoi, "la gente que vive en tiendas". Aquellos pobladores, a los que luego conoceríamos como sarracenos, estaban agrupados en tribus, organizadas en clanes. La autoridad inapelable en el seno de cada tribu la ejercía un jeque elegido, cuyo cargo no era hereditario. Por el norte, el país lindaba con dos grandes imperios en conflicto, el bizantino y el persa sasánida, cristiano el uno, mazdeísta el otro. 

Numerosas colectividades judías se encontraban diseminadas por todas partes. Aunque había árabes cristianos y judíos, la mayor parte de ellos desconfiaba de ambos cultos y continuaba practicando los ritos de sus antiguas creencias, si bien eran conscientes de la inferioridad de éstas ante las dos grandes religiones basadas en sendos textos canónicos. El panteón árabe preislámico estaba compuesto por varias divinidades, entre las que había una preponderante a la que llamaban Alá. En aquellos años en que nació Mahoma, parece que la mayor parte de los árabes creían que Alá era el mismo Dios al que rendían culto cristianos y judíos. De hecho, los árabes que se habían convertido al cristianismo también llamaban Alá a su nuevo Dios. 

No todas las tribus árabes eran nómadas. Algunas se habían establecido en zonas fértiles, fundando asentamientos permanentes. Mahoma pertenecía al clan de los hachemíes de la tribu de los coraixíes, que a su nacimiento llevaba más de un siglo asentada en La Meca, donde se alzaba el sagrado santuario de la Kaaba al que los árabes acudían en peregrinación desde tiempo inmemorial. En unas pocas generaciones, los hábiles coraixíes se habían convertido en la tribu más rica y poderosa de Arabia, ayudados por la estratégica situación de La Meca en el cruce de dos importantes rutas comerciales, y por los informes y contactos que les proporcionaban los peregrinos. 

Cuando Mahoma comenzó su tarea apostólica, su propósito se reducía a convencer a sus compañeros de tribu de que la voluntad divina que se manifestaba a través de su persona consistía en ejercer la caridad con los más desfavorecidos. La acumulación de riqueza desagradaba a Alá, mientras que la generosidad y el desprendimiento de las cosas materiales le agradaban. La concordia de la tribu dependía de la consideración de los ricos hacia los pobres, los huérfanos y las viudas. Este mensaje se transmitía por medio de recitados breves aunque vehementes, casi angustiosos, en los que se incluían advertencias sobre la amenaza de la ira de Dios y la proximidad del Juicio Final. 

Pero Mahoma, que no tenía nada de exhibicionista, reservaba su prédica a familiares y afines que aceptaron hacerse musulmanes, aunque otros, ante la decepción del Profeta, se negaron a abandonar las creencias de sus antepasados. Así lo hizo su tío Abu Talib, quien se encargó de su educación y que por entonces detentaba la autoridad del clan hachemita. Sin embargo, el hecho de renunciar a hacerse musulmán no impidió a Abu Talib continuar apoyando a su sobrino, a quien respetaba. Por el contrario, su viejo amigo Abu Bakr, hombre muy popular y querido entre los miembros de la tribu, aceptó el islam desde el primer momento y se convirtió en uno de los más efectivos ayudantes de Mahoma, convenciendo a numerosos jóvenes de La Meca.

Fuente:
Por Alberto Porlán en Muy Interesante Historia, ‘El Islam. Los misterios de una religión’, Ed. Televisa, p. 22 – 23.

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