Mahoma. La Hegira

Aquel periodo de encierro y meditación rindió grandes frutos, aunque sólo en un sentido filosófico o doctrinario, pero la expansión de la fe se había detenido y la condición del profeta no podía haber sido más lamentable, había perdido a su esposa Kadidja y a su tío Abu Talib, quienes eran sus dos grandes apoyos, tanto morales como políticos e incluso financieros. Habían pasado ya diez años desde que recibiera las primeras señales de su misión y la cosecha era demasiado pobre, pues a pesar de que las doctrinas del Islam eran ya parte de una polémica ideológica entre la gente, los verdaderos conversos eran pocos y estaban confusos y desconectados, pues les faltaba una liturgia religiosa que definiera su conducta y su pensamiento, pero sobre todo les faltaba la presencia de su líder. De todo esto estaba consciente el Profeta, y por eso decidió abandonar su refugio y retomar su actividad proselitista, pero buscando la mayor seguridad y eficacia posibles, por lo que aprovechó la llegada del mes sagrado de tregua y peregrinación para salir de su escondite y volver a establecer el contacto con la gente de las tribus foráneas, lo que le había dado muy buenos resultados anteriormente. Después de diez años había comprendido que la ciudad de La Meca no era el terreno propicio para la difusión de su doctrina, pues ahí su palabra y su persona eran interpretados a partir de un conjunto de antecedentes que distorsionaban la comprensión y aceptación del mensaje, por lo que ahí la difusión de la fe no tenía futuro; así que en esta ocasión se propuso hacer contacto con los dirigentes de las tribus de otras regiones, con objeto de encontrar alguna que lo acogiera sin prejuicios y le facilitara el ejercicio comunitario de su religión y su propagación, sin que esto generase los conflictos de su tierra natal.

Una vez, predicando en la colina de Al Agaba, cercana a La Meca, se produjo un gran entusiasmo en un grupo de peregrinos que venían de la lejana ciudad de Yatrib, que posteriormente se llamó Medina y que distaba trescientos cincuenta kilómetros de La Meca, por lo que podía considerarse una ciudad limítrofe de los territorios árabes, pero no sólo en un sentido geográfico, sino también ideológico, pues en aquella ciudad se había conformado una sociedad híbrida, de prosapia y gobierno árabe, pero con gran influencia de los judíos y cristianos que ahí habitaban y que constituían grupos sólidos, pues pertenecían a culturas "de libro" y poseían una liturgia definida, a diferencia de los árabes, cuya ideología se encontraba dispersa entre las costumbres ancestrales, la mitología y un conjunto de rituales, muchos de ellos animistas. Así que los peregrinos de aquella ciudad comprendieron la doctrina del Islam de manera distinta al resto de los árabes, pues además de que reconocieron las semejanzas con las doctrinas judía y cristiana, entendieron que esta interpretación autóctona les daba identidad, que ésta era una religión árabe y para los árabes, y además entendieron que el Corán podía convertirse en "su libro"; así que estos peregrinos abrazaron la nueva fe, reconociendo a Alá como su único Dios, y a Mahoma como su profeta, prometiéndole que sería bien acogido en su ciudad y con su gente. Mahoma les propuso marchar con ellos en su viaje de regreso, pero ellos no lo consideraron prudente, pues en aquellos tiempos había luchas internas por el poder dentro de la comunidad árabe de la ciudad, por lo que era preferible esperar a que esos conflictos se superasen. Mahoma estuvo de acuerdo, sin embargo les pidió que llevaran consigo a Musaab Ibn Umair, quien era uno de sus predicadores más preparados, para que él comenzara una labor proselitista, preparando el terreno para su llegada. 

Mussab contaba con el apoyo de los primeros conversos y una situación favorable, por lo menos en lo ideológico; sin embargo, el ambiente social de los árabes en Medina no era muy diferente al de La Meca, los viejos rencores entre familias afloraban de manera violenta en medio de la pugna política, por lo que la introducción del Islam resultó lenta, difícil e incluso peligrosa para Mussab, quien sufrió un atentado contra su vida; sin embargo su paciente labor rindió frutos, pues logró la conversión de algunos de los principales líderes políticos de la ciudad, lo que le dio una gran seguridad y el prestigio suficiente para obtener otras conversiones, muchas de ellas oportunistas, pero de cualquier manera útiles para su causa. Cuando Mussab consideró que la ciudad de Medina estaba en calma y las condiciones eran propicias para la recepción del Profeta, reunió setenta conversos y viajó con ellos hacia La Meca, aprovechando que era el mes sagrado de peregrinaciones y sería el tiempo oportuno para que Mahoma hiciera el viaje con seguridad. Era éste el año trece de la misión del Profeta y su situación seguía siendo precaria en su tierra, por lo que la única alternativa era la emigración, tal como se había pensado, a pesar de que la respuesta de la población de Medina no era la que se esperaba, además de que las pugnas entre las tribus se habían recrudecido en los últimos tiempos y la "tregua santa" no resultaba totalmente disuasiva para muchos, y nadie estaba seguro de que aquella costumbre sería respetada en el caso de una caravana compuesta por musulmanes, que podrían ser considerados herejes y ser atacados por ello. Los emigrantes no estaban bien dispuestos a luchar por la causa del Islam y arriesgar su vida, entonces el Profeta pronunció un discurso en el que reputaba la lealtad como una de las principales virtudes del Islam y estableció un decreto que sería de gran importancia para el futuro histórico de su doctrina: quienes murieran en combate, defendiendo el Islam, entrarían directamente en el paraíso. Parece que aquella promesa convenció a los más reacios, por lo que se estableció el pacto de solidaridad y defensa mutua entre todos aquellos que desearan participar en esta emigración masiva, que fue llamada la Hégira, que puede interpretarse como "huida", pero también como "peregrinación", dado su carácter sacramental. A quienes sellaron el pacto se les llamó ansaríes o "auxiliadores", en el sentido de que estaban dispuestos a ayudarse incondicionalmente unos a otros; esta actitud de gran solidaridad llegaría a ser uno de los pilares del Islam y de su extraordinaria capacidad de expansión y cohesión social. 

Al marcharse el grupo de ansaríes de Medina y conocerse el proyecto de emigración por parte de los adeptos de La Meca, se reorganizaron las fuerzas hostiles a ellos, comandadas por Abu Sufián, para entonces regente de la ciudad, quien estaba alarmado por el entusiasmo que esta emigración causaba en mucha gente que antes tomaba la nueva doctrina con cierta indiferencia, pero que ahora veía en el Islam un nuevo camino de solidaridad humana y un cambio radical de proyecto de vida, lo que resultaba muy atractivo, sobre todo para los sectores más oprimidos. El destierro voluntario de Mahoma y sus seguidores no resolvía las cosas para los gobernantes de La Meca, más al contrario, eso crearía un fenómeno de proselitismo acelerado que les resultaba peligroso, pues podían prever que, tarde o temprano, Mahoma regresaría al frente de un ejército poderoso y con el ánimo de vengarse de todas las afrentas recibidas. Algunos opinaron que se le debería encarcelar de por vida, pero en las condiciones de euforia religiosa que se había creado a su alrededor, sus seguidores se unificarían para rescatarlo. Finalmente ganó la opinión de Abu Chahl, antiguo enemigo personal de Mahoma, quien tenía una posición clara, directa y eficaz: había que dar muerte a Mahoma y reprimir con severidad la posible reacción de sus seguidores; con el tiempo, y ya sin un líder, su movimiento tendería a diluirse y desaparecer. Todos estuvieron de acuerdo en esta estrategia, y para compartir la responsabilidad del acto y preservar el honor, un miembro de cada una de las familias involucradas debería participar en el atentado, clavando cada uno su espada en el cuerpo de Mahoma cuando llegara el momento. 

El plan se llevó a cabo de inmediato; aunque Mahoma ya estaba advertido del peligro, lo que algunos atribuyen al aviso del Arcángel Gabriel y otros a los espías del propio Mahoma. El caso es que el Profeta tuvo tiempo de refugiarse en casa de Abu Bakr y de ahí partieron juntos hacia el monte Tur, para refugiarse en una de las cavernas, a donde uno de los hijos de Abu Bakr les llevaría alimentos el tiempo que fuese necesario. Salieron de La Meca ya muy entrada la noche y llegaron al monte Tur al amanecer, pero tal parece que su huida no fue del todo discreta, porque al llegar a la caverna vieron que sus enemigos se acercaban a la colina y que eran tantos que sus posibilidades de defensa eran prácticamente nulas; pero entonces se produjo uno de los milagros más interesantes que se narran en el Corán, por lo menos desde el punto de vista literario: antes de que los perseguidores llegaran a las cuevas del monte, una araña tejió una gran tela en aquella donde se escondían los fugitivos, de modo que al llegar los conjurados dedujeron que ahí no podía haber entrado nadie recientemente y se dedicaron a buscar en las demás cavernas. Así que en aquella ocasión salvaron la vida y permanecieron ocultos durante tres días, asistidos por Asama, una de las hijas de Abu Bakr, quien les llevaba alimentos al anochecer; al cuarto día supusieron que sus perseguidores habían dejado de buscar en esa zona y decidieron emprender el camino de huida hacia Medina, contando con los camellos y las provisiones que la noche anterior les habían traído de la casa de Abu Bakr. Para no llamar la atención evitaron el camino principal y utilizaron las veredas alternativas que Mahoma conocía de sus tiempos de comerciante. No habían avanzado mucho cuando fueron interceptados por un grupo de bandoleros comandados por Suraga Ibn Malik, quien era famoso por su crueldad. Abu Bakr se sintió perdido ante estos fieros y gratuitos enemigos, pero Mahoma lo calmó diciéndole que no había razón para preocuparse, pues Alá estaba con ellos; al decir esto el caballo de Malik se encabritó y él, que era un gran jinete, cayó al suelo, lo que sintió como un mal augurio; Mahoma se encargó de reforzar esa creencia y entonces el guerrero optó por retirarse junto con sus secuaces, dejando libre el camino para los fugitivos, quienes avanzaron a marchas forzadas y sin contratiempos hasta que llegaron a la colina de Quba, apenas a tres kilómetros de la ciudad de Medina. Al llegar ahí, el camello que montaba Mahoma, llamado Al Qaswá, dobló las rodillas y se negó a caminar, pues desfallecía por el agotamiento, lo que el Profeta vio como una señal de prudencia que le enviaba Alá, pues no era conveniente entrar abruptamente en la ciudad, sino preparar con cuidado su presentación, por lo que prefirió quedarse en las inmediaciones de la colina, aceptando la hospitalidad que les diera un pastor llamado Kultum Ibn Hidm. Pero la voz corrió por la región y comenzaron a presentarse los musulmanes para ponerse a las órdenes de su guía; entre ellos el patriarca de la tribu Sahm, Buraida Ibn Husaib, quien representaba una fuerza considerable, pues prácticamente todos los miembros de su tribu eran ya musulmanes. 

Otro converso que se presentó en aquel lugar fue un tal Salmán al Farisi, llamado "el persa" en las escrituras, y a quien se atribuye un importante papel en la estructuración de la filosofía islámica y en la redacción definitiva del Corán, lo que es negado veladamente en el Corán, aduciendo que la lengua de Salmán era el persa, y el Corán está escrito en árabe, lo que no deja de ser un argumento demasiado débil. 

Tal como se fueron dando las cosas, no fue necesario que Mahoma preparara su entrada en Medina, pues los musulmanes de ésta y otras ciudades cercanas se organizaron para ir al encuentro de su Profeta y acompañarlo en su entrada en Medina, lo que se programó para el viernes siguiente, que los musulmanes habían adoptado como día sagrado, para distinguirse del sábado judío y del domingo cristiano. 

La mañana de aquel viernes se reunieron para orar y Mahoma pronunció un discurso en el que expuso los puntos principales del Islam; después montó en su camello Al Qaswá y partió hacia Medina, al frente de una larga caravana de prosélitos que lo vitoreaban y de un pequeño ejército de guardias personales, que eran setenta guerreros de la tribu de Buraida Ibn Husaib. Se dice que algunos de los discípulos se turnaban para sostener sobre la cabeza del Profeta una sombrilla de palma, lo que daba a la procesión un carácter ceremonial; así fue como entró Mahoma en la ciudad de Medina, más como un conquistador que como un refugiado. Al poco tiempo llegó la familia completa del profeta para establecerse en la que de ahora en adelante sería su ciudad.

La Hégira fue tomada como el principio de los tiempos para los musulmanes, por lo que su calendario empieza el 24 de septiembre del 622 de la era cristiana, fecha en que Mahoma hace su arribo triunfal a la ciudad de Medina.

Fuente:
Los Grandes – Mahoma, Editorial Tomo, p. 83 – 90.

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