Los cenotes sagrados

Cenote significa cueva o boca profunda de peña, por donde corre agua. También denota algo más, por el uso que los indios mayas le daban en Yucatán. En ellos sacrificaban a las mujeres jóvenes, en un ritual religioso; este misterio se ha desvanecido con los siglos, se sabe muy poco de los cenotes mayas, que eran sagrados.

Eran varios los cenotes de los mayas, pero queda uno muy importante por su historia y por sus leyendas: el de Chichén-Itzá, del que nos apoyaremos para describir lo que fueron los cenotes.

En la extensa zona arqueológica de Chichén-Itzá están los monumentos llamados El Osario, Las Monjas, El Observatorio o Caracol, etcétera; la elevada construcción de El Castillo, El Juego de Pelota, el llamado Tzompanctli (voz azteca), la Platafor­ma de las Danzas, el Templo de los Guerreros y la construcción de Las Mil Columnas, todo ello extenso y vasto. En el extremo de una explanada, hacia el poniente del Castillo, está el cenote sagrado de Chichén, el más importante de todos. Al acercarse a su borde, impone, ya sea por sus dimensiones y profundidad y el color de sus aguas, ya sea por la tradición oral y escrita de los sacrificios que allí se llevaban a cabo. De los sacrificios y ceremonias religiosas que allí tenían lugar antiguamente, había una plataforma arruinada ubicada a la orilla del enorme pozo y una especie de horno de piedra con chimenea trunca que se cree servía de pebetero o sahumerio colosal. Desde aquella plataforma se arrojaban al cenote las vírgenes que iban a ser sacrificadas, después que los sacerdotes las ungían con esencias, las enjoyaban con ajorcas, brazaletes y collares, y las exhortaban a lanzarse al abismo en sacrificio y en loor de los dioses, para que éstos enviaran del cielo el agua necesaria para que las co­sechas fueran abundantes. También había cierta relación con el agua subterránea que circulaba por el fondo del cenote, donde manaba para alimentarlo, hasta alcanzar una altura de doce o quince metros, en que la sacrificada se ahogaba sin duda.

El cenote de Chichén tiene arriba, circundando su borde, un recinto de piedra labrada que servía, según, para que cierto público presenciara las ceremonias frente a la plataforma fatal. La vegetación ha empezado a destruir ese collarín o bordo de cantera.

El cenote de Chichén-Itzá tiene 55 metros de radio en la gran boca y unos 27 metros de profundidad. El agua es tan cristali­na que se ve a unos doce metros abajo, y tiene un color verde jade que se antoja simbólico. El pozo parece hecho a propósito, y el corte geológico descubre capas de estratificación barrosa, arenosa blanca y crema, ligeramente calcárea. El fondo rocoso está a unos trece metros abajo de la superficie del agua, y por esa roca pasa el venero subterráneo que mana en el fondo agua corriente y viva, aunque mansa y quieta en el fondo del colosal embudo no deja de infundir miedo.

A estos monumentos arqueológicos no se les daba importan­cia y estaban a merced de cualquier explorador, lo que ocasionó que fueran extraídas de Yucatán algunas piezas de valor como collares de jade y de turquesas, campanillas y sapitos de oro y de cobre, cascabeles y máscaras, brazaletes y otros objetos de importante valor arqueológico. Todos estos tesoros se exhiben en museos del extranjero. En el Museo Arqueológico de Mérida sólo se muestran unas cuantas joyas procedentes del cenote: dos sapitos de oro con ojos de turquesas; unas placas delgadas de oro; varios collares de jade y de oro; un fragmento de tejido (como encaje) negro, etcétera.

No se encuentra ninguna descripción histórica perfecta de la ceremonia del sacrificio de doncellas en el cenote sagrado. Chavero sólo dice que los sacrificios eran en honor del dios Chao, que representaba el trueno y, como tal, generaba la llu­via. También se le tenía por el inventor de la agricultura. Otro dios era Hobó, al que mantenían contento con los sacrificios de todo género (incluso de dos niños al año), y se convencía a las familias que era para ellas un honor el dar una persona para ser sacrificada, y que ésta iba a ser feliz al lado del dios. Acerca de esto se ha hecho bastante literatura.

Los cenotes más grandes de Yucatán son el de Xcoh y el próximo a Bolonchén, ambos subterráneos, de los cuales se han escrito leyendas supersticiosas indígenas. Del primero se dice que parte una galería subterránea de ocho leguas que llega a Maní, residencia que hábito el último Tutul-Xiú. El segundo, el de Bolonchén, es una cueva profunda y amplia a la que se baja por unas escaleras de trozos de árbol, entre peñas monstruosas y estalactitas que deslumbran. La profundidad es de quinientos pies, y abajo se encuentran siete depósitos de agua potable, que los mayas sacaban para sus necesidades, recorriendo mil cuatrocientos pies de rústica escalera.

Existe una leyenda maya, denominada Xtucumbi-Xunan, sobre tal esfuerzo indígena para disponer del agua. El relato señala que la tierra, madre celosa, esconde a su hija, que es el agua, al amante. Pero el hombre, que es el enamorado, baja a las profundidades a buscarla... confiando en el dios Zamná.

A Zamná también se le invocaba en el sacrificio de las don­cellas precipitadas al cenote sagrado de Chichén. ¡Si ese cenote hablara! Existe un mundo de leyendas acerca de él.


Fuente:
Ediciones Leyenda – México y sus leyendas. Compilación, p. 87 – 89.

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