Jesús en el templo

Cuando María y José parten hacia su hogar, no se dan cuenta que Jesús no va con ellos sino hasta cuando llegan, ya que la costumbre es de que hombres y mujeres viajen aparte y cada uno de sus padres, creen que el joven viaja con el otro por lo que, cuando descubren que Jesús no viaja con ellos, regresan por su hijo a Jerusalén. Por su parte, Jesús casi no se da cuenta de que sus padres ya no están, pues su mayor interés y concentración está en acudir al templo, primero para escuchar a escribas y maestros y después para cuestionarlos en muchos aspectos, tanto religiosos como de la vida social de los judíos y es precisamente al tercer día cuando un gran número de personas se congregan para escuchar a este joven de Galilea y disfrutar plena y totalmente la experiencia de ver como un adolescente confunde a los sabios y eruditos de la ley.


Durante las discusiones de la mañana, dedican mucho tiempo a la ley, los profetas y los maestros no ocultan su asombro de que Jesús conozca tan bien las escrituras, tanto en hebreo como en griego, pero lo que más les molesta realmente es su juventud.

Por su parte, los padres de Jesús llegan a la gran ciudad y durante todo el día lo buscan ansiosamente, incluso, entran varias ocasiones en el tempo, pero nunca piensan en acercarse a los grupos de discusión, aunque en una ocasión se encontraron casi al alcance de la voz de su hijo. Antes de terminar el día, toda la atención del principal grupo de debate del templo se ha concentrado en las preguntas de Jesús. Entre sus muchas preguntas destacan:

·         ¿Qué hay realmente en el santo de los santos, detrás del velo?
·         ¿Por qué las madres de Israel deben estar separadas de los creyentes varones en el templo?
·         Si Dios es un padre que ama a sus hijos, ¿Por qué toda esta carnicería de animales para obtener el favor divino?
·         ¿Se ha interpretado erróneamente la enseñanza de Moisés?
·         Puesto que el templo está consagrado al culto del Padre celestial, ¿No es incongruente tolerar la presencia de aquellos que se dedican al trueque y al comercio mundanos?
·         ¿Será el Mesías esperado un príncipe temporal que ocupará el trono de David, o actuará como la luz de la vida en el establecimiento de un reino espiritual?

Los ansiosos espectadores se maravillaban con estas preguntas, durante más de cuatro horas, este joven de Nazaret acosa a aquellos maestros judíos con preguntas que dan en qué pensar y sondean el corazón; además, transmite sus enseñanzas con las preguntas que hace, desafía la doctrina y al mismo tiempo sugiere la propia. En su manera de preguntar, combina con tal encanto la sagacidad y el humor, que se hace amar incluso por aquellos que se indignan por su atrevimiento, ya que sienten que es totalmente honrado y considerado cuando efectúa sus preguntas punzantes.

Jesús muestra su reticencia característica por las respuestas, confirmada en todo su ministerio público posterior, por lo que solamente una cuestión le interesa de manera suprema: proclamar la verdad eterna y efectuar así una revelación más completa del Dios eterno.

En la conferencia de la tarde, apenas han empezado a responder a su pregunta sobre la finalidad de la oración cuando el presidente invita al muchacho a que se acerque y una vez junto a él, le pide que exponga su punto de vista respecto a la oración y la adoración.

Mientras tanto, los padres de Jesús deambulan por los patios del templo, cuando la sorpresa y asombro llenan sus rostros al reconocer la voz del muchacho extraviado y verlo sentado entre los maestros del templo. José no sabe qué hacer y se queda paralizado, en tanto que María corre hacia el joven, que ahora se levanta para saludar a sus sorprendidos padres, quienes le recriminan: “Hijo mío, ¿Por qué nos tratas así?, hace más de tres días que tu padre y yo te buscamos angustiados, ¿Qué te lleva a abandonarnos?” Es un momento de silencio, de tensión, ya que las miradas están dirigidas hacia Jesús para saber que contestará.

Pero el joven está a la altura de las circunstancias, después de reflexionar un momento, Jesús contesta: “¿Por qué me han buscado durante tanto tiempo?, ¿Acaso no esperaban encontrarme en la casa de mi Padre, puesto que ha llegado la hora de que me ocupe de los asuntos de él?” Todo el mundo se asombró de la manera de hablar del muchacho y optan por alejarse en silencio, dejándolo a solas con sus padres. El joven suaviza la situación de los tres diciendo tranquilamente: “Vamos, padres míos, cada quien ha hecho lo que considera mejor. Nuestro Padre que está en los cielos ha ordenado estas acciones; regresemos a casa”.

Al llegar a su casa, Jesús hace una breve declaración a sus padres, reiterándoles su afecto y dándoles a entender que no tienen que temer pues no volverá a provocarles más angustias con su conducta. Concluye esta importante declaración diciendo: “Aunque debo hacer la voluntad de mi Padre celestial, también obedeceré a mi padre terrenal. Esperaré a que llegue mi hora”.

De la visita a Jerusalén, que en un principio parecía darle felicidad, a su regreso lo llena de tristeza y angustia y en cuanto puede, corre a la cima de los montes de Galilea, de lo más profundo de su corazón se escucha un clamor que estremece todo lo que hay alrededor: ¡Padre Celestial… Quiero Saber, Sanar… y Salvar!, él sabe que esta petición le será concedida a costa de mucho dolor y sufrimiento, inclusive de su propia vida.


Fuente:
Los Grandes. Jesús, Editorial Tomo, p. 42 – 46.









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