Cuento infantil

Todos los días al terminar las clases, los niños atravesaban la calle y se detenían frente al puesto de juguetes, que contemplaban con avidez.

- Mira qué bonita muñeca – decía Maruca.

- Sí – contestaba Anita –; pero a mí me gusta más aquel osito.

- ¡Bonitos soldados! Tienen uniforme y cascos de verdad.

- Cuando yo pueda – Luis comentó una vez – compraré aquella máquina. ¡Me gusta tanto!

Y pasaban las semanas, y los niños seguían admirando los juguetes y repartiéndolos con el deseo.

Cierto día, Luis, el mayor del grupo, dijo a sus amigos:

- Creo que, si todos ayudamos, poco a poco podremos ser dueños de los juguetes que más nos gustan. Miren: desde este domingo ahorraremos algunos centavos de los que nos dan para comprar dulces; los pondremos en una alcancía, y cuando se reúna la cantidad necesaria, compraremos el juguete que prefiera alguno de nosotros. Después volveremos a reunir nueva cantidad y compraremos el juguete para otro, y así hasta comprar los de todos. Yo seré el último.

No hubo quien no celebrase entusiasmado la idea de Luis ni quien rehusara ahorrar.

Se compró primero el osito para Anita, luego los soldados para Carlos, después la sala de Lola. Pero algunos niños vieron con tristeza que las semanas volvían a correr sin que ellos tuvieran sus juguetes. Luis les dijo entonces:

- Compraremos una pelota. De esta manera, mientras llega nuestro turno, juntos podremos jugar y divertirnos.

Así lo hicieron, y, a partir de entonces, todas las tardes jugaban un rato al salir de la escuela.

Un día, brincando tras la pelota, Juanito se cayó. Luis estuvo a punto de tropezar con él, y para no causarle daño lo evitó tan bruscamente que se lastimó una pierna. Sus compañeros lo alzaron casi en brazos y lo llevaron a su casa. El doctor dispuso que guardara reposo.

Los amigos de Luis resolvieron entonces, para agradecerle lo mucho que hacía por ellos, comprarle esa semana la máquina que tanto le gustaba, y el viernes siguiente, al visitarlo, la sorpresa resultó muy agradable.

Atentísimo estaban todos viendo correr la máquina, cuando llegó el papá de Luis, que era marinero, y su esposa lo enteró de la buena acción de los amiguitos y amiguitas de su hijo.

- Es necesario premiar a estos niños por su conducta – dijo el papá, y, en efecto, así que Luis sanado, los llevó al circo, donde pasaron la tarde muy felices. Además, al terminar la función, el papá se acercó con ellos al puesto de los juguetes y les compró los que más habían deseado.


Fuente:
Generación 1960. Mi libro de 1° año, Ed. Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuito, p. 7 – 8.
App CONALITEG Digital. Generación 1960. Primer Grado. Mi libro de 1° año.








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