Jesús en Galilea. Felipe y Natanael

Aquel día, Jesús y sus cuatro discípulos-apóstoles parten para Galilea, antes de cruzar el Jordán para ir a Nazaret, miran por el camino a Felipe de Betsaida que viene hacia ellos con su amigo Natanael y siente mucho gusto de salu­dar a sus amigos.

Pedro comenta a Felipe que todos ellos se han vuelto compañeros y discípulos de Jesús en el nuevo reino e invita a Felipe a que se ofrezca para este servicio, pero la pro­puesta coloca a Felipe en conflicto; ¿qué debe hacer?, ha surgido el momento de la decisión más importante de su vida y debe ser inmediata, al ver la duda en Felipe, Andrés le sugiere: "¿Por qué no le preguntas al Maestro?" Repentinamente, Felipe descubre que Jesús es realmente un gran hombre, posiblemente el Mesías y decide atenerse a lo que él decida en este asunto; va hacia él y pregunta.

—Maestro, ¿debo ir hasta Juan o unirme a mis amigos que te siguen?

Y Jesús responde sin titubear y sin dejar lugar a duda alguna.

¡Sígueme!

— ¡Así lo haré desde ahora!

Felipe se apresura a revelar su decisión a su amigo Natanael, quien reflexiona sobre todas las cosas que ha es­cuchado respecto a Juan el Bautista, el reino por venir y el Mesías esperado, Felipe interrumpe la meditación, excla­mando.

¡He encontrado al Libertador, aquel de quien han escrito Moisés y los profetas y a quien Juan ha proclamado!

Natanael inquiere.

— ¿De dónde viene ese maestro? Y Felipe replica.

— Es Jesús de Nazaret, el hijo de José, el carpintero, que resi­de desde hace poco en Cafarnaúm.                                            ,

Entonces Natanael, un poco sobresaltado, pregunta.

— ¿Un enviado directo de Dios puede salir de Nazaret? Pero Felipe no hace caso, lo toma del brazo y dice.

Ven a ver.

Felipe conduce a su amigo hasta Jesús, quien los mira bondadosamente y dirigiéndose a Natanael dice.

—He aquí a un auténtico israelita, en quien no hay falsedad. ¡Sígueme!

Natanael, volviéndose hacia Felipe, comenta.

Tienes razón. Es en verdad un maestro de hombres. Yo también le seguiré, si soy digno.

Jesús lo afirma, diciéndole de nuevo.

¡Sígueme!

Con esta acción, Jesús ha reunido a la mitad de sus dis­cípulos incluso antes de llegar a Nazaret.

Tiempo después, Pedro divulga la noticia del arresto de Juan, y como si esto fuera una señal, Jesús comenta: "La hora del Padre ha llegado. Preparémonos para proclamar el evangelio del reino. He venido para proclamar el estable­cimiento del reino del Padre. Este reino incluirá a las almas adoradoras de judíos y gentiles, ricos y pobres, de hombres libres y esclavos, porque mi Padre no hace excepción de personas; su amor y su misericordia son para todos. El Padre que está en los cielos envía su espíritu para que ha­bite en la mente de los hombres y cuando yo termine mi obra en la tierra, el Espíritu de la Verdad será igualmente derramado sobre todo el género humano.

"El espíritu de mi Padre y el Espíritu de la Verdad los establecerán en el reino venidero de comprensión espiri­tual y de rectitud divina. Mi reino no es de este mundo. El Hijo del Hombre no conducirá los ejércitos a la batalla para establecer un trono de poder o un reino de gloria terrenal. Cuando llegue mi reino, conocerán al Hijo del Hombre como el Príncipe de la Paz, como la revelación del Padre eterno. Los hijos de este mundo luchan por establecer y ampliar sus reinos, pero mis discípulos entrarán en los cielos por medio de sus decisiones morales y victorias espirituales y una vez que hayan entrado, encontrarán la alegría, la recti­tud y la vida eterna.

"Aquellos que intentan entrar en el reino y empiezan a esforzarse por conseguir una nobleza de arácter semejante a la de mi Padre, pronto poseerán todo lo demás que necesitan. Pero les digo con toda sinceridad: a menos que traten de entrar en el reino con la fe y la dependencia confiada de un niño pequeño, no serán admitidos de ninguna manera. No se dejen engañar por aquellos que dicen que el reino está aquí o allá, porque el reino de mi Padre no tiene nada que ver con lo visible y material. Este reino ya se encuentra ahora entre ustedes, porque allí donde el espíritu de Dios enseña y dirige al alma del hombre, allí está en realidad el reino de los cielos. Y este reino de Dios es rectitud, paz y alegría en el Espíritu Santo.

"Juan los ha bautizado verdaderamente en señal de arre­pentimiento y para la remisión de sus pecados, pero cuando entren en el reino celestial, serán bautizados con el Espíri­tu Santo. En el reino de mi Padre no habrá judíos ni gen­tiles, sino únicamente aquellos que buscan la perfección a través del servicio, porque declaro que aquel que quiera ser grande en el reino de mi Padre, deberá convertirse pri­mero en el servidor de todos. Si están dispuestos a servir a sus semejantes, los sentaré conmigo en mi reino, al igual que yo me sentaré dentro de poco con mi Padre en su reino por haber servido en la similitud de la criatura."

Cuando termina Jesús, todos los que le oyen se que­dan asombrados con sus palabras. Sus discípulos están maravillados, pero la gente no está preparada para reci­bir la buena nueva de labios de este Dios-Hombre, por lo que un tercio de sus oyentes cree en el mensaje, aun cuan­do no pueden comprenderlo totalmente; otro tercio re­chaza el concepto puramente espiritual del reino esperado, mientras que el resto no capta nada de su enseñanza y creen que ha perdido el juicio.



Fuente: 
Los Grandes. Jesús, Editorial Tomo, p. 92 – 96.

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